BABELICISMOS

01. BABELICISMOS

ESPERO que la Real Academia me perdone. El neologismo será malo, pero mi intención es buena. Si se me ha ocurrido llamar “babelicismos” a esta serie de articulillos desarticulados ((con los que amenazo a los lectores de “La Verdad”)) es porque no me resigno a que se repita lo que cuenta la Biblia que les pasó a los constructores de cierta famosa torre. Babel, la ciudad imposible, quedó inconclusa y abandonada por culpa de aquella soberbia con la que quisimos hacernos famosos. Y así nos ha lucido el pelo desde entonces. Siempre embrollados, incomunicados, tropezando con las palabras ajenas, trabucando los significados y los significantes, sin entendernos unos con otros. La esperanza se hizo realidad mucho tiempo después con ocasión del milagro de Pentecostés. Los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, unidos en Jesús resucitado, hablaron todas las lenguas como si fueran una sola. Es el milagro patente que hace a la Iglesia verdaderamente “católica”: allí donde ha llegado la barca humilde de San Pedro hay más unidad y más entendimiento. Y a pesar de mil pecados sabemos de gente que se comprende, se conoce y se quiere. Somos unos privilegiados. Ahora sabemos que fue el orgullo lo que embrolló las palabras en Babel. Así que no perdamos las buenas costumbres. ¡Que no nos roben la verdad inocente de cada palabra! Si renegamos del milagro de Pentecostés, volverán los babelicismos, y las palabras significarán tantas cosas y tan diversas y tan absurdas que no habrá cristiano que entienda... ni que se ría, porque si nos babelizamos no comprenderemos ni siquiera los CHISTES.

F. Javier Garisoain