DIABLILLOS

03. DIABLILLOS

EXISTE un satanismo de baja intensidad, una especie de blanda demonolatría que es la moda del momento. Los cornudos pisoteados de la iconografía cristiana se están convirtiendo en los reyes de la fiesta. El dragón del que nos libró San Jordi ahora es una especie de benéfico peluche para los niños de Barcelona. Bien está el no asustar a las criaturas con truculencias innecesarias. Pero de ahí a convertir nuestro imaginario de monstruos en una colección de blandas gominolas inofensivas hay diferencia. El relativismo que sufrimos nos lo pone todo patas arriba. Y resulta que nos vemos rodeados en la publicidad, los logotipos y los juguetes por draculines simpáticos, fastasmitas tiernos, pícaras viboritas, esqueletos buenos, pokemonsters infantiles, cocodrilos de goma... y demonios cornudillos de juguete. El otro día ví a un monaguillo que pasaba el cepillo en Misa llevando un pequeño demonio en la camiseta. No me parece bien. Me niego a poner esta vela al Diablo y tengo dos buenas razones. La primera es porque creo que si despojamos al bien y al mal de los símbolos que los identifican para mezclarlos y confundirlos, llegará un momento en que nos pasará como al pastor mentiroso. La segunda es, sencillamente, porque creo en él -y no me gusta ni pizca- ese personaje que el Evangelio llama Demonio. Los antiguos griegos llamaban “daimonion” a los genios o espíritus inferiores.  Y “diabolos” al calumniador, al sembrador de discordia. Parece que ya se nos ha olvidado. ¿Cómo diablos nos vamos a entender ENTONCES?

F. Javier Garisoain