ARTE

06. ARTE

AQUELLA Europa cristiana y gloriosa, -esa civilización inconclusa llena de contenidos, valores, creencias y principios- esculpía un gólgota en cada cruce de caminos y un santo en cada plaza. En cambio esta Europa iconoclasta y ga-gá del siglo XXI está poniendo en cada esquina un absurdo trozo de metal que no dice nada porque no sabe qué decir. Una escultura abstracta es como una canción tarareada. Como el la-la-lá de Massiel. A veces tiene originalidad y una forma agradable, pero carece de contenido. Es por eso que la escultura abstracta se ha convertido en el juguete preferido de los políticos encuestistas. No les importa que guste o no la escultura pública. Sólo les importa que la oposición no tenga nada que oponer. Es por eso que nos amojonan con señales anodinas y vacías los barrios de la ciudad postmoderna. El arte abstracto es la expresión estética del relativismo que no se moja. Es como un gran signo de interrogación que se niega a utilizar el cerebro, que no afirma ni niega nada, que lo acepta todo, excepto la convicción. Si de nosotros dependiera, los cristianos sustituiríamos tanto emblema huero por santos y caballeros, por grandes hombres y alegorías escatológicas. Si pudiésemos haríamos de cada pedestal un retablo. Un capitel historiado en cada rotonda. Y lo haríamos contentos del deber cumplido, sabedores de que el arte, como toda la creación, ha sido llamado a un orden inmutable y divino que, cuando se contradice, deja paso a la muerte de la belleza misma en medio de los más espantosos abortos ESTÉTICOS.

F. Javier Garisoain