ÁRBOL

29. ÁRBOL

LA raíz nos habla de arraigo, de profundidad, de amor a la tierra; también de topos y de hormigas que trabajan a su sombra entre semillas fecundas y escondrijos para el invierno. El tronco nos predica de fortaleza, de personalidad, de firmeza, de fuerza, de verticalidad, también de la influencia del viento y del fuego, de anillos que crecen centrados año tras año y de corazones grabados en su corteza. La savia que circula vivificándolo todo es la vida interior, el alimento que se entrega generoso; que espera sabiamente comunicar en primavera la tierra con el cielo. Las ramas son como una explosión de vida, de pluralidad, de libertad, y sostienen los nidos de los pájaros, y proporcionan refugio contra la lluvia. Las hojas son la gratitud al sol, y el desprendimiento en el invierno. Las flores son la fecundidad, el amor, la belleza, la fertilidad, la vida que se transmite. Los frutos son el alimento y la prueba del amor, la energía concentrada que protege la semilla del futuro. Las distintas clases de árboles son como las de personas. Cada uno da lo que puede: sombra, fruta, leña, medicina o veneno. Hay árboles prohibidos; otros son grandes; otros necesitan mucha agua. De los árboles es la madera, madre de la arquitectura. Madera para hacer andamios, o cruces, o pesebres, o fuego, o papel... Son demasiadas casualidades. Todas las cosas que Dios creó son huellas de su paso. Algunas son borrosas, como las nubes. Otras son metáforas perfectas, como los árboles. No encuentro en la naturaleza muchas lecciones tan completas como las que enseña cada ARBOL.

F. Javier Garisoain