EFICACIA

60. EFICACIA

LA eficacia está de moda. Que los ordenadores funcionen, que los aviones vuelen puntuales, que no se atasquen las cañerías, ganar las elecciones -o la guerra- con soltura... Cualquiera diría que España se ha convertido por fin en el paraíso de la eficacia. La chapuza nacional era nuestro principal complejo, nuestra asignatura pendiente, y ahora resulta que cualquier día de estos vamos a ocupar el puesto de los eficacísimos suizos en los chistes. Lo malo es que junto con la chapuza estamos perdiendo el ingenio de los clásicos y la inteligencia espontánea de los pícaros. Cada vez somos más eficaces. Y en el fondo cada vez más torpes. Cada vez más hábiles en lo nuestro. Y cada vez más inútiles en todo lo demás. Cada vez más puntuales. Y más burocráticos. Cada vez más serios. Y más sosos. La paradójica e “ineficaz” antropología de la Iglesia lleva siglos repitiendo esta metáfora evangélica: que sólo la semilla que muere es fecunda. Que sólo la búsqueda del Reino de Dios y su justicia nos traerá la añadidura. ¿Cuántas veces un triunfo a corto plazo se ha convertido en una gran derrota, y viceversa? La historia nos enseña que son demasiadas veces como para no dedicar un minuto a reflexionar sobre la idea de “eficacia”. La obsesión por la eficacia lleva a la esterilidad. Esa es la paradoja. En cambio la perseverancia, la humildad, la convicción y la coherencia siempre dan los mejores frutos. Esta teoría sirve para todo, para la familia y para la política. Para el arte y para la guerra. La gota que horada la roca demuestra que la eficacia verdadera es una suma de debilidad, constancia y PACIENCIA.

F. Javier Garisoain