FAMILIA

52. FAMILIA

EL deseo de tener una familia -como la energía o la fe- ni se crea ni se destruye, se transforma. Cuando falta la fe en Dios se suele buscar en un totem o en el índice bursátil. De la misma forma sucede que cuando no hay familia como Dios manda se nos ocurren otras cosas. Ni siquiera el robinson crusoe más aislado sería capaz de eliminar de sus aspiraciones más profundas esa necesidad de tener una familia... o algo parecido. En la lengua latina “familia” procede de “famulus”, que significa sirviente o esclavo. La idea de familia es inseparable de la idea de servicio. Allí donde dos o más se encuentren reunidos para ayudarse habrá una “familia”. Con esta aclaración etimológica no pretendo defender la desafortunada expresión “otras formas de familia”. Una prótesis ortopédica no es “otra forma de pierna”. Una flor de plástico no es “otra forma de flor”. Es lógico y muy humano que una pareja de hecho, una comuna, un piso de estudiantes, una comunidad monástica, una empresa, o una tripulación en la antártida, tengan rasgos similares a la familia natural. Para bien y para mal, porque cualquier convivencia presupone tanto las virtudes que nos hacen felices, como los pecados que se dan “hasta en las mejores familias”. La diferencia entre la familia natural y la de plástico es que la primera nace de la promesa mutua, solemne, perpetua y pública que formulan por amor un hombre y una mujer. Todo lo demás que se nos ocurra, más o menos humano, ha de proponerse sin engaños. Porque lo que es absurdo y poco inteligente es acercar la nariz a una flor de PLASTICO.

Javier Garisoain