HUMILDAD

41. HUMILDAD

SI yo fuese humilde estaría orgulloso de serlo. De lo que no estoy orgulloso es de mi orgullo. La humildad es esa virtud que predica y practica la Iglesia cuando llama al Sumo Pontífice “siervo de los siervos de Dios”. Es la que se ofrece en miles de consagrados en forma de votos de pobreza, castidad y obediencia. Es, en fin, la que nos manda ser como niños. El mundo ensalzó siempre al fuerte y orgulloso. También los cristianos pecamos de orgullo, (y pedimos perdón por ello). Pero desde la llegada del profeta Nietzsche el mundo moderno proclama desvergonzadamente lo contrario: “Sé el mejor, el más importante. Procura que los demás te sirvan.” Se creen que matando la conciencia dejarán de ser pecadores. ¿A dónde llegará un mundo que ha cambiado el “ser como niños” por el “ser como viejos”? Y sin embargo la humildad sigue siendo una virtud muy práctica, y si no que se lo pregunten a los científicos. Los ideólogos anticristianos cierran el circulo de la elucubración mental en este triángulo: “sólo creo lo que veo; sólo veo lo que quiero; sólo quiero lo que creo”. En cambio el ambiente oxigenado por la humildad es el único que permite pensar con rigor. ¿Y dónde se podrá respirar así sino dentro de la Iglesia católica? ¿En qué otro lugar queda humildad suficiente como para encontrar la Verdad de las cosas?. Sólo desde la humildad cristiana se percibe en su verdadera dimensión la miseria de la condición humana. Sólo los cristianos entendemos con claridad que el viejo más viejo es un niño para DIOS.

F. Javier Garisoain