MUERTE

32. MUERTE

ESTARIA bien que la gente nunca se muriese. A condición, claro está, de que tampoco existiera el dolor porque supongo que quedarse en este mundo eternamente dolorido y achacoso se parecería demasiado a eso que llamamos infierno. Si no existieran ni la muerte ni el dolor nos pasaríamos el día con la mano en el fuego y dejándonos atropellar por los coches. En tales circunstancias nadie experimentaría el alivio de salvarse de las llamas ni del tráfico moderno. Y al no soñar con la salvación no podríamos ser felices. No habría bomberos ni semáforos y las ciudades estarían tan calcinadas como llenos de bollos los vehículos. Si nadie se muriese no nos quedaría a los supervivientes esa especie de alegría insana que sentimos al leer que se ha caído un avión en el que no volábamos. No habría médicos, ni ambulancias, ni funerarias. Tampoco guerras, ni fábricas de aspirinas, ni de ametralladoras. Serían insípidos los periódicos sin muertes que contar. No habría cementerios, ni historias de fantasmas. No habría más historia que la memoria de cada cual. Si nunca nadie se muriese el mundo sería distinto pero no me atrevo a decir que mejor. El mensaje machacón que nos vende el pensamiento único neopagano es éste: “hagamos un mundo sin muertos”. Es un llamamiento engañoso porque no dice que si la muerte y el dolor están por todas partes será porque así conviene. Haríamos bien los cristianos en temer menos a la buena muerte y más a la mala vida. Haríamos bien en temer más no a lo que mata el cuerpo, sino a lo que mata el ALMA.

F. Javier Garisoain