PILDORAS

14. PILDORAS

LO que tomó Eva del árbol prohibido pudo ser una píldora, o más bien una cajita surtida. “Seréis como dioses”, siseó la serpiente mientras ofrecía a nuestra pobre abuela un racimo de alegres bolitas coloreadas. ¡Y en qué patéticos diosecillos nos hemos convertido desde aquello, con nuestras pildoritas para todo!. Tenemos unas grajeas que dan la vida y otras que la abortan. Las tenemos para concebir y para esterilizar. Para disfrutar y para torturar. Para antes y para el día después. Para dormir y para despertar. Para calmar y para excitar. Para recordar y para olvidar. Para engordar y para adelgazar. Quedan pocas cosas que no consiga un buen pildorazo. Lo malo es que con tantas pastillas (como con tantas leyes, normas y decretos) resulta un poco asfixiante ser dios. Hay demasiadas contraindicaciones, demasiados prospectos, demasiadas excepciones. Al principio pensábamos que íbamos a ser más libres pero no contábamos con esta adicción que nos tiene obsesionados como a fariseos militantes, estrictos cumplidores de la farmacopea. O sea, que era mentira aquello de ser como dioses. Si es que ya lo dice la Biblia que es muy sabia y muy ecológica. Yo no se si será que tenemos morriña del paraíso perdido, pero el mandato divino de someter la tierra se ha transformado en la locura de los científicos locos; en la ilusión estúpida de crear un paraíso artificial, a la medida de nuestros caprichos. ¿No era eso lo que queríamos? pues ya lo tenemos. Ibamos a ser como dioses, y no somos mas que unos PASTILLEROS.

F. Javier Garisoain