PLURALISMO

18. PLURALISMO

SI por pluralismo entendemos riqueza de formas y variantes múltiples en los matices, convengo en aceptar que el pluralismo es una cosa muy buena, muy verdadera y muy bonita. Pero mucho me temo que tampoco en el uso de esta palabra nos ponemos de acuerdo. La obsesión pluralista contemporánea se manifiesta en una búsqueda impulsiva de facetas peculiares que añade, en nombre de lo plural, manzanas podridas a la colección de manzanas. Este pluralismo no lleva a ninguna parte. La pluralidad que merece la pena es la de los ramos de flores, no la de las chimeneas. La reunión de todas las verdades, eso sí que es plural. El conjunto de los buenos deseos, las santas intenciones y las obras de misericordia, todas de colores diferentes. Es plural la hermosura variopinta de los templos y la de todas las oraciones del mundo. La indumenta colorista de los guerreros antiguos era plural; mucho más que los uniformes mimetizados de la masa guerrera contemporanea. Plural es la artesanía minuciosa en sus mil sabidurías. En cambio las cadenas de montaje, las programaciones de las emisoras de televisión, los refrescos de cola, los grandes partidos políticos, los prostíbulos, los demonios, los pecados capitales... son todos iguales. En este mundo del popurri marketinero ¿por qué nos ha de emocionar el hecho de poder elegir si todas las cosas que nos quieren vender son iguales? ¿qué ventaja tiene este pluralismo de etiquetas y de marcas sobre el auténtico pluralismo que siempre ha surgido libre y creativo -como las torres de Gaudí- allí donde hay fe CRISTIANA?

F. Javier Garisoain