PROPIEDAD

30. PROPIEDAD

LA tierra y sus riquezas nos pertenecen tanto como un perro a sus pulgas. Una propiedad sin límite en el tiempo o en el espacio sería una tiranía mostruosa. Nadie puede ser -por ejemplo- el hombre más rico del mundo antes de nacer o después de morir. Además, para sentirse un verdadero propietario lo mejor es -como bien explicaba Chesterton- ver el límite de la propiedad del vecino. La propiedad privada es buena y muy democrática porque nos hace a cada uno partícipe y corresponsable en el mandato bíblico de someter la tierra. Pero ya sabemos lo que pasa cuando instituciones democráticas y de participación responsable se dejan en manos de gente pecadora y malvada. Lo que pasa es que se suelen convertir en la excusa perfecta para iniciar y prolongar las injusticias y las discusiones. ¿Qué le vamos a hacer? ¡Si somos gente pecadora y malvada!. Lo que habrá que hacer es procurar ser menos pecador y menos malvado. ¡Pero no! eso no es lo bastante racional para los ideólogos que elucubran al margen del sentido común. Lo que hay que hacer en su opinión para eliminar los conflictos es abolir la propiedad. -”Muerto el perro se acabó la rabia”, piensan.- Y así lo que hacen es dejar poco a poco todas las propiedades en manos de esas máquinas sin corazón que se llaman “ente público” o bien en las garras de esas máquinas sin corazón que se llaman “empresa transnacional”. La solución parece genial pero una pequeña duda no me deja dormir: ¿y si esas máquinas propietarias quedasen en manos de gente pecadora y MALVADA?

F. Javier Garisoain