PUREZA

23. PUREZA

SOLO se aprecia mucho lo que mucho cuesta. No tiene mérito conquistar una ciudad que se rinde sin lucha. Una flor no valdría nada si se pudiese arrancar varias veces del mismo tallo. Las cosas grandes e importantes son las que cuestan sacrificio y esfuerzo o las que Dios regala en sus milagros. Lo mismo sucede con la virtud de la pureza. Cada vez que una chica -o un chico- dice “NO” duplica el valor del “SI” que guarda para su amor verdadero. Ojalá las mujeres -todas las mujeres- fuesen conscientes de lo que en realidad pensamos los hombres -todos los hombres- de las chicas “descaradas”. Ojalá supieran cómo admiramos -todos, sin excepción- a las valientes que creen en cosas como la modestia, el pudor, la honestidad y la virginidad. Por muy degenerado que esté un hombre la pureza femenina es de esas cosas que pueden llegar a cambiarle el corazón. No es casualidad que la mujer más querida e invocada de la historia de la humanidad sea la Virgen Santa María. Lo que pasa es que la pureza -virtud, esfuerzo y don- está necesitando urgentemente una campaña de marketing. Con el tiempo y las calumnias del Tentador se nos ha convertido sin querer en la parte más ñoña del Evangelio cuando en realidad es el capítulo más alegre y solemne de la moral cristiana. La pureza vagabundea despreciada por el mundo como cosa adusta y poco divertida. No se hace fácil pregonarla cuando se la imagina tan antipática. Pero tenemos que intentarlo. El Decálogo marca con claridad el camino de la felicidad. La experiencia nos lo confirma cada día. ¿Por qué no empezamos a hablar bien de ELLA?

F. Javier Garisoain