SEGURIDAD

25. SEGURIDAD

LOS ministros ya lo saben. Que todos los aviones se pueden caer, que todos los barcos se pueden hundir, que todos los ríos se pueden desbordar, que hay mucho loco suelto contagioso y peligroso y que las armas las carga el diablo. Lo saben, pero sufren como si no lo supieran. ¿Por qué se agobian tanto? ¿Es que puede existir alguna forma de garantizar la seguridad al cien por cien? ¿Se podría prohibir montar en barco o en tren, o en coche? ¿Se pueden dejar de construir carreteras? ¿Se puede impedir la comercialización de alimentos? La lucha es eterna. Y es admirable este afán político por la seguridad. Admirable realmente, siempre que no perdamos de vista que el mundo feliz no se conseguirá nunca si por feliz entendemos un mundo sin dolor. El dolor es necesario, aunque sólo sea para saber qué es placer. Además es que siempre se nos olvida que estamos de paso. Por eso cuando ocurra la próxima desgracia -incluso si me afecta- me gustaría ver más resignación. Los muertos de las torres gemelas no eran peores que nosotros. Dios es el Señor, nosotros no sabemos nada. ¡Qué rabia nos da no poderlo controlar todo! ¿verdad? ¡Pues a chincharse! Los políticos se creen que basta con legislar una tonelada de papel y con mandar luego a la policía para que cargue contra los revoltosos. Pero las cosas no son tan sencillas. El control total es imposible. Las cosas siempre fallan, y más radicalmente las artificiales que las naturales. El barco hace aguas cuando menos se espera. Es bueno procurar seguridad, pero sin agobios. La mejor seguridad es la HUMILDAD.

F. Javier Garisoain Otero