SERMONES

42. SERMONES

LOS curas y las monjas y los cristianos en general tenemos fama de pelmas. Y cuanto más santos, más plastas. ¿Y sabe Vd. por qué nos gusta sermonear? Pues porque creemos en la libertad. La Iglesia cree, de verdad, en la libertad del hombre. El mundo no tanto. El mundo no produce sermones sino leyes o publicidad. No arguye, legisla. No convence, tienta. Los cristianos creemos en una libertad aterradora, alucinante, que permite a ese microbio llamado hombre cerrar la puerta al Dios que lo hizo. Creemos en esa libertad mágica, grandiosa, que deposita en la voluntad de un gusano la facultad de abrir las puertas a Cristo. Por eso sermoneamos, por eso hemos inventado los púlpitos y las homilías, las misiones y los ejercicios espirituales. Por eso predicamos a diestro y siniestro. A veces de mala manera, otras con caridad exquisita, pero siempre con la idea de que es un hermano libérrimo el oyente a quien nos dirigimos. No nos basta con dictar una ley. Ningún predicador enumeró los Mandamientos sin procurar argumentos para su cumplimiento. No nos satisface la pura propaganda si no va acompañada de un buen sermón. Porque la evangelización no es una campaña de marketing. Porque no pretendemos un movimiento subliminal de adhesión en favor de "nuestro" producto, sino un movimiento libre de la voluntad que da paso al querer querer, al amor. Desconfía de los que no sermonean, de los que aparentemente te dejan ir a tu aire. Quien no te sermonea es que no te QUIERE.

F. Javier Garisoain