SOPA

33. SOPA

¿POR qué se me ocurre ahora hablar de la sopa -menuda tontería- entre estos “babelicismos”? Tal vez sea porque -en general- admiro los grandes inventos: el fuego, la rueda, la sopa. O tal vez porque se me ha ocurrido ver en la sopa una metáfora simplona de ese alimento sustancioso que es la presencia de Dios mismo en toda su creación. Recuerdo que en aquellos años de las tertulias universitarias, -cuando pasaba las horas discutiendo en una desapacible esquina con un grupo fraternal autodenominado “Los amigos de helarte”- alguien me pidió que no metiese a Dios “hasta en la sopa”. Y yo le dije que también la sopa había que hacerla “como Dios manda”. Los deístas dieciochescos del frío “Ser supremo” despreciaban la sopa boba de los conventos. En cambio los pobres soperos intuían agradecidos el hueso del jamón en aquella sopa de forma análoga a como el creyente saborea la presencia del Creador en la vida de sus criaturas. Yo no digo que Dios sea la sopa porque eso sería panteísmo. Tampoco digo que Dios sea ajeno a la sopa porque eso sería deísmo. Yo lo que afirmo -con toda la Iglesia- es que Dios está “hasta en la sopa”. Y que allí donde no está es porque nosotros no hemos querido. Esta analogía de la sopa es muy pobre, lo reconozco, pero no es blasfema. Lo que quiero decir es que Dios no ha dejado el mundo de su mano. Que es nuestro padre y que nos quiere. Que quiere que hagamos las cosas “como El manda” y que quiere que le tengamos en cuenta permitiendo que su Espíritu todo lo ilumine y todo lo sustancie con su presencia... “hasta en la SOPA”.

F. Javier Garisoain