NOCHE

67. NOCHE

Y vió Dios que eran cosas buenas el día y la noche; el sol y la luna. Pero eso fue antes de inventarse la luz eléctrica. Ahora no es tan fácil decir cuándo es de día y cuándo no. El sol es una hoguera muy grande que está muy lejos. Millares de hogueritas cercanas alumbran más. Están a todas horas en la calle, o en la tele. ¿A qué viene tanto derroche luminoso en la cara oculta de la Tierra? Tal vez sea ese el sino del ser humano. Deshacer poco a poco la obra creadora de Dios. Complacerse, como un niño tontorrón, en arruinar el castillo de arena que hizo su Padre. ¿En qué consiste cierta clase de progreso sino en llenar los mares; achatar las montañas; reducir el número de especies o volver a mezclar la luz con la tiniebla? ¿Cuántas cosas que llamamos creaciones no son sino pequeñas destrucciones que rompen los límites armónicos de la naturaleza?. Tenemos ciertamente a nuestro favor el mandato de dominar la Tierra. Pero también es un deber amar las cosas en su verdad. La noche es para dormir, para rezar, para el silencio. Para cazar sólo la emplean mamíferos inferiores. No es verdad que este mundo vampirizado ame la noche. Lo que le emociona es el día artificial; o tal vez la noche que se simula en los planetarios. No gusta del silencio nocturno ni de los rumores propios de la nocturnidad; lo que quiere es bullicio rutinario a la luz de las farolas. Fuegos fatuos en un gheto juvenil. La noche ya era mágica sin discotecas. Que no nos quiten a la hermana NOCHE
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F. Javier Garisoain