PERSONAS

69. PERSONAS

SI las personas fueran lo importante sería más fácil seguir la tradición familiar, repetir las buenas costumbres, desechar los vicios patentes, corregir los errores humanos y soñar sin miedo dejando libre la imaginación. Pero cuando lo que más cuenta es la institución, la sociedad anónima, el ente jurídico, la estructura, la máquina, no nos queda más remedio que la letra de la ley. La ley es el tablón al que nos agarramos los náufragos de este mar impersonal. Allí donde se valora en su medida a las personas los reglamentos no importan tanto. Aquí, donde las siglas oscuras de una jauría empresarial se unen y se separan en una sintaxis imposible, se fagocitan y se anulan... ¿dónde quedamos las personas? ¿A qué nos supeditamos las personas?. La simpleza vasallática de las empresas feudales tenía al menos una virtud y es que vinculaba personas con personas. Qué bueno es que se conserve en la Iglesia esta particularidad primitiva. Como Cristo, el Papa, los obispos y los párrocos, son personas, no cargos. Personas que pasan, pero personas. Es verdad que los vínculos personales pueden también llegar a ser humanamente injustos, pero las personas tienen en mi opinión dos ventajas: primero, sienten, y eso hace que nunca se agoten en el esquema previsto ; segundo, se mueren, de forma que no hay mal persona que cien años dure. En cambio los monstruos virtuales que se esconden detrás de cada logotipo son, en teoría, perfectamente justos, pero ni tienen corazón ni se mueren. Definitivamente, prefiero las PERSONAS.

F. Javier Garisoain