SOCIEDAD

61. SOCIEDAD

DECIR social es como decir humano. Somos  así. Nos necesitamos los unos a los otros para todo, para nacer, para crecer, para reproducirnos y para morir. Amamos a los demás. Odiamos a los otros. Escribimos para que nos lean. Lloramos para que nos consuelen. Gritamos para que nos hagan caso. La soledad es el hambre del espíritu. El retiro del mundo es como el ayuno en la medicina popular. Cada uno de nosotros lleva en la espalda, como una sombra, mil adjetivos inseparables. No se puede dejar así como así de ser hijo, hermano, primo, esposo, nieto, amigo, compañero, vecino, pariente, conciudadano, admirador, espectador, alumno, director, servidor, votante, perseguidor, vigilante, juez, ayudante. No se puede ser autónomo por más que lo ordene el BOE. Los adoradores de la diosa Libertad (esos que no se atreven a ejercerla) siguen intentando hacer un mundo de superhombres supersolos. Pretenden una sociedad sin asociados. Piensan que el camino de la perfección está en descomponer todas las relaciones naturales que constituyen el tejido social. Quisieran un mundo perfecto, un mundo sin lazos asfixiantes, sin amigos ni enemigos, sin comportamientos quisquillosos, sin corazones débiles. Lo malo es que la diosa Libertad exige cada vez más sacrificios humanos, más cárceles, más manicomios, más hospitales para los individuos imperfectos. Lo malo es que el deseo enfermizo de tanta perfección social está dejando de lado cierta cosa imperfecta  y alegre: eso que llamamos AMOR.

F. Javier Garisoain